De la escasez analógica a la borrachera digital

Posiblemente, mi foto más antigua que se conserva. Diría que de 1973. Apenas dos añitos. Existe otra que supuestamente es de mi bautizo, pero dudo mucho que sea yo quien en ella aparece ungido por el cura. Además, desconsiderarla me sirve para apuntalar la idea de que mi identidad cristiana es un fake total.

Después casi no vuelve a haber fotos mías hasta el siguiente sacramento: la comunión, un largo lustro más tarde. En ese caso no puedo negar la evidencia de ser el niño que recibe la hostia en la iglesia. Más allá, el álbum fotográfico de mi infancia se acaba en menos del tiempo necesario para hacer click sobre cualquiera de los miles de archivos digitales con imágenes de los hijos que hoy tiene (y que fotografía cuando se dejan) el pequeñajo del medio de esta foto tomada hace casi medio siglo en la calle Tissó esquina con Valldaura. Retrato de una época en que no había cámaras de fotos en todas las casas. Para bien y para mal. En un tiempo del que las familias humildes no pueden conservar grandes bibliotecas de memoria gráfica, pero en el que tampoco eran esclavas de tanta borrachera del selfie actual. Sencillamente, la memoria fotográfica era otra cosa: estaba en la cabeza en forma de recuerdos vivos, y no en discos duros en forma de bytes y millones de colores RGB…

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